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Algunos en lugar de sentirse atraídos pensaban que estaba loca. A las mujeres no les gustaba que se exhibiera y regaban la bola de que tenía sida. Entre los colegas que venían de Honduras para entrenamientos en Guatemala estaba Francisco, un compañero un tanto nervioso pero buena onda que había venido varias veces.

Era bueno en su trabajo y cumplía sus metas de ventas, así que los dueños de la empresa estaban contentos con él. Tres meses después de cambiarme a mi nuevo apartamento, mi vecino, que me alquilaba el mismo, se ganó la lotería. Siempre me pareció una buena persona. Se llamaba Gabriel, a secas, como me pidió que lo llamara. Acababa de cumplir cuarenta y no trabajaba, vivía de algunas rentas. Con la noticia de que había ganado la lotería vi rondar la casa a varias personas que nunca había visto.

Familiares y amigos que tenía tiempo de no ver se aparecían por su casa. Sin embargo, nadie le sacó dinero porque él tenía sus propios planes. Tenía poco tiempo de haberme mudado al barrio cuando se pasó a vivir a la par de mi casa una mujer que alborotó al vecindario entero. Los bares de las callejuelas alternas encienden las luces de neón.

Se ofrecen otros servicios y aparecen otros clientes. A las nueve de la noche un carro de la policía se estaciona frente a la plaza. Ella representa a su país en la Red Trasex, organización que aboga por los derechos de las trabajadoras sexuales de Latinoamérica y el Caribe.

Ahora, vestida de rosa y blanco, con los labios pintados de rojo y el cabello recogido en una cola de medio lado, le hace señas a su amiga colombiana, Mary, para llamarle la atención sobre la patrulla. Mary es una bumanguesa de 49 años cuyo vestido azul cielo, sandalias plateadas y ojos maquillados a tono con la ropa no disimulan el cansancio de jornadas exhaustivas, que desde hace ocho meses empiezan a las siete de la mañana.

Para ella ese lugar significaba el espacio de subsistencia de su familia. No sabía que su historia de vida la hacía merecedora del estatus de refugiada. Traía como equipaje un neceser con un par de blusas y un pantalón. En Buenaventura había dejado sus documentos y libros, a su novio y algunas amistades. En septiembre de empezaron a llegar las amenazas de los grupos paramilitares.

La familia decidió partir. Pero una noche la amenaza se materializó y la chica fue agredida físicamente. Temerosa y previendo otro ataque, decidió huir. Kathe conocía el tratado de y sabía que su situación la calificaba para solicitar el refugio. La experiencia de Mary ha sido diferente.

Nadie me informó, nadie sabía. Él se llama Lucio. No había sido estafada por tramitadores y abogados. Lucio prometió ayudarla con los papeles y Mary aceptó su oferta. Iniciaron una relación sentimental que ella imaginaba terminaría en matrimonio y le permitiría legalizar por esa vía su estatus. Pero no fue así. Con el paso del tiempo su situación cambió. No consiguió permiso de trabajo ni visa de casada con panameño, no tenía los recursos para montar una empresa y desconocía la figura del refugio.

De la legalidad a la ilegalidad, aprendió los códigos de la noche y la calle: Su ansiedad tiene nombre propio porque no sólo se esconde de la patrulla.

Él se llama Lucio. No había sido estafada por tramitadores y abogados. Lucio prometió ayudarla con los papeles y Mary aceptó su oferta. Iniciaron una relación sentimental que ella imaginaba terminaría en matrimonio y le permitiría legalizar por esa vía su estatus.

Pero no fue así. Con el paso del tiempo su situación cambió. No consiguió permiso de trabajo ni visa de casada con panameño, no tenía los recursos para montar una empresa y desconocía la figura del refugio. De la legalidad a la ilegalidad, aprendió los códigos de la noche y la calle: Su ansiedad tiene nombre propio porque no sólo se esconde de la patrulla.

Lucio la violenta desde hace varios años: Pero ella, trabajadora sexual, inmigrante ilegal, no tiene ese derecho. La deportarían de inmediato, y aunque ella dice amar a Colombia, no puede volver porque no tiene dónde llegar. Por eso ha sufrido en silencio esa situación de violencia. La doctora Dora Whiteman de Da Costa, psiquiatra que atiende semanalmente a trabajadoras sexuales en el Centro de Salud de El Chorrillo, sostiene que este caso no es excepcional: En las noches, el parque Santa Ana se convierte en un epicentro de prostitución.

La abogada Myrna López Yuras, que atiende diariamente consultas jurídicas de inmigrantes en la Fundación Casa Latinoamericana, explica que, generalmente, a los albergues son llevadas las personas que no tienen dinero para pagar la coima: Apenas tiene un año para organizarse, conseguir permiso de trabajo y un estatus migratorio definitivo.

Ella lo sabe y ha decidido hacer de este período una etapa de ahorro. Por eso duplica su jornada laboral, saliendo en las noches en busca de ingresos adicionales. Para Mary, que se dedica al trabajo sexual con sus propios recursos y a título personal, la situación es diferente.

Entre y , De las rutas del Darién Sapzurro-Puerto Obaldía, Bahía Solano-Jaqué y Ungía-Paya no se tienen datos exactos, pues la mayoría de las personas entran por allí clandestinamente y sin portar documentos. De acuerdo con las cifras de la Defensoría del Pueblo del Darién, se estima que en esa provincia fronteriza viven alrededor de Protegidos Temporales Humanitarios PTH , solicitantes de refugio y refugiados colombianos.

Esta cifra no da cuenta de las entradas ilegales. Mujeres como Kathe legalizaron su estatus mediante la figura humanitaria del refugio. Otras, gracias a su condición económica, lo hicieron con la visa de rentas propias o la visa empresarial. En un buen día de trabajo en el burdel de la terminal, donde ingresa a las 9 a. Los días de pocos clientes, sale de allí y se va a Punto Azul, en El Salado, una zona de transportadores a la que llegan muchas mujeres a ofrecer sus servicios. Jennifer paga 20 mil pesos por noche en un hotel en La Paradita, donde comparte habitación con una amiga de Venezuela que llegó con ella a probar suerte por primera vez.

Paradógicamente, a pesar de tener una vida sexual muy activa, confiesa que no disfruta cada encuentro y duda de que alguna vez vuelva a sentir placer al estar con un hombre. Y aunque él desconoce su realidad, ella es consciente de que por él, cualquier sacrificio vale la pena. Domingo, 23 Abril - 5: Las prostitutas que cambiaron la legislación en Colombia. Acepto los términos y condiciones y he leído la política de tratamiento de los datos personales.

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Sin embargo, cuenta que cuando empezó la crisis alimentaria en Venezuela se vio obligada a cerrar su negocio, y decidió volver a su trabajo anterior. Llegó por referencias de una amiga suya que ya había probado suerte en territorio colombiano. Hombres que se dedican a deambular por las calles vestidos de mujer que muchas veces engañan a sus clientes, quienes los recogen pensando que son mujeres. Una parte de la prostitución, la peor, la que aquí conocemos como prostitución de club o de calle, la que hay que liberar como quien libera verdaderamente a un territorio ocupado, en este caso ocupado por todas las formas del proxenetismo mediación o trata de blancas y de la explotación, incluida la dependencia de los narcos.

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Vamos a estar claras. Seguramente se lo pensarían dos veces si escuchasen estas palabras. En septiembre de empezaron a llegar las amenazas de los grupos paramilitares. Mujeres como Kathe legalizaron su estatus mediante la figura humanitaria del refugio. Traía como equipaje un neceser con un par de blusas y un pantalón.

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